21.11.06

Me dijo, me dije

a) Absorta, me dije, las noches sin pesares

acunaron tu vida ingenua,

ingenua la tuya – respondí-

mintiéndonos, Martina,

no hay enamorados en el ciclo lunar,

no hay, dije yo,

me dije y no habló nadie después de la última.

b) Mi última, me dije,

la tuya también (la Martina).

Absorta, en silencio, la torpeza,

el cinto a la cintura,

los revólveres con balas de goma,

la goma, sin la tuya, sin la mía,

sin pólvora deletérea entre sus venas de goma,

de artilugio dañino.

c) Ingenua, me dije,

los artilugios como tú no explotan,

y la otra, que era ingenua,

calló.

d) Las huellas de un pies solo,

y no del otro, absorto,

salta sobre él mismo,

y la otra, que no tiene pies (porque se los amarra en gritos),

me dice que la deje sola,

que le da pena la huella que deja la pisada del alma.

e) Le digo, y no me escucha:

“ingenua, la lucha es tuya”,

y se aleja, y me calla el pie que le habla,

y se va, no sé cómo,

le faltan los dedos meñiques,

se le quedaron entre los gritos que engullía.

f) “ El buche de pelícano se traga revólveres”,

pensó una,

la otra no respondió al pensamiento,

no sabía de lecturas silenciosas.

g) No se absorbía el alma en pisadas,

no había huella,

¿ dije que no había?

h) dije ingenua, porque no lo era,

¡enfatiza!

no hay pisada porque caminas de cabeza

y en el aire no hay huellas invisibles de pies invertidos.

i) Absorta, la otra me dijo que creía

que la estupidez eran las huellas invisibles

( y como yo leo)

dije que ingenua era ella,

que no sabía de roces de aires.

j) El aire no respondió,

“no oye", me dijo,

y le dije:

“caracolea tu fe de ratas”

y no dijo,

no dije,

calló y la seguí sin miedo.

k) La luna no es para enamorados,

“ella es redonda”,

dijo Martina

¿Qué sabes tú?

“Sé que es redonda,

con eso me basta para que los enamorados odien

las huellas en las playas”

M·art·in·art

4.11.06

INFANTO-MARTINA

II ¿QUÉ HE VISTO?

Desde que nací… y el lustro que le siguió, Valdivia fue escenario de mi infancia. Figura geográfica, punto en el plano, y sobre todo:

La familia grande se situaba allí, como parte del significado de la ciudad, y más que por el nombre de ella… era por su espacio, por su esencia repleta de Rodríguez.

En esos años nació Franco Mariano, lindo, callado, tranquilo. Mi compañero, “Caquito cotó”, “Concejal”. Lo recuerdo a partir de una fecha, marcada por el traslado a otro espacio dentro de la misma ciudad. En un departamento húmedo, mohoso, amarillo. Av. Pedro Montt con Av. Simpson.

Desde entonces me recuerdo, recuerdo a Caquito, a la Tana, a mi mamá, a mis primos, recuerdo Te llevo para que me lleves, recuerdo los chalecos de lana, y sobre muchas cosas, el kiwi, ¡la torta de crema con kiwis y chubis! Recuerdo la jardinera verde, con elásticos que me apretaban los tobillos, y con una cara de payas en la guata. Recuerdo todo con la perspectiva que se tiene desde 1 metro de altura (como mucho). Y extrañamente, soy la misma.

Luego de eso, de ese departamento, el Jardín Petetín, y los juegos con la Dani (prima). Nos subimos al escarabajo verde agua del año 60, y con sus asientos saciados y asfixiados por bultos, bajamos por Av. Pedro Montt, y allí, doblando hacia la izquierda, la casa propia, color rojo pardo y siamesa de otra idéntica; con pequeños y futuros grandes árboles nativos, blanca por dentro… La casa de Allipén.

Allí, mientras nuestra pieza era amplia y mi cama lucía colorida gracias al cobertor, que aún hoy está en la pieza del Franco; pude ver entre el espacio vertical entre el marco de la puerta y ésta, la despedida. Un abrazo que partía la historia familiar, nos segmentábamos, y poco a poco perdíamos contacto con una parte (incluso) propia de cada uno. Mi papá se iría a Santiago, la ciudad que ahora me acoge.

En 1997 entré a 1º año básico en el colegio Martin Luther King. Pequeño, con pocos cursos, cercano a mi casa, y donde jugábamos con la Bárbara, la Gabriela y la Carmina, bajo los árboles y en los columpios, a veces en las barras y sobre todo, corríamos por el jardín (mezcla de barro y pasto moribundo).

Mientras comenzaba mi vida de escolar, la vida profesional de mi mamá se veía próxima a cambiar, a crecer y aprovechando las oportunidades que se le presentaban. Fue así como el 16 de diciembre del mismo año, nos despedimos de mi Tata en el aeropuerto de Santiago, ahí fue cuando vi por vez primera el Atlántico.

M.Art