Trataba sobre la muerte de una madre, las muertes de las madres son siempre dolorosas, deja huecos en el pecho, dejan agujeros y una suerte de tics que de vez en cuando nos imposibilitan.
Esa imposibilidad se transforma en angustia, cada asalto desmesurado de tics, nos obstruye, nos postra en una cama cansados, como si un ataque epiléptico nos hubiese sacudido. Es así, como mirando el cielo del departamento, los hijos lloran con los ojos abiertos, ensimismados en esa angustia que los mantiene inmóviles, cansados, indefensos como niños y con un seno materno muerto, frío, dentro de un cajón ya cerrado, embutido en la tierra, húmedo.
Otra cosa es matar a la madre, otra cosa es temerle al útero que te cobijó nueve meses y después te soltó al mundo, enjabonado, resbaloso con la sangre, de un desliz a otro, salir al mundo como un nuevo ser, que crecerá, que correrá, llorará, comerá y morirá. Y ni tan siquiera así, no podría ser todo tan automático, nada sería tan fácil como cometer acciones para finalizarlo todo expirando.
Está la madre, y no del mismo modo en la que está la madre de tus hijos; está la madre como la única que sabe lo que es tenerte dentro, en todas sus formas. La madre te hizo de sí misma e hizo circular su sangre por la tuya, la madre te hizo palpitar, la madre te dio de comer, te llevó al colegio, te sacó de la nada para hacerte alguien, para leerte los ojos y tenerte dentro, en la razón, en su esencia… y en el corazón de nuevo, de una forma singular; algo así como amándose a si misma, como si fueras una prolongación, un órgano del cuerpo que la hace vivir. Hijo es vital.
Madre es vital, tiene cinco letras e Hijo tiene cuatro, sales de la madre y aún así te haces más pequeño. Madre no se mata, a una madre no, ese vínculo de sangre y cordón más que ser de sangre y cordón, es de pecho y boca, de mano y piel, de cama y voz. A una madre no se la mata, matar a la madre es matarte.