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21.7.10

donde se ahogan los sueños

*texto escrito a la edad de 13 años




Eran como cubitos de hielo, si, y flotaban. Habían de diferentes tamaños y algunos tenían colores e imágenes en su interior. Algunos flotaban en el lago de los sueños, pero otros se hundían en su infinita y oscura  profundidad, para nunca mas volver a salir a flote, como una simple esperanza. El lago era calipso, como el mar caribeño. El aire sonaba a ansiedad, esfuerzo y esperanza; las cosas más necesaria para cumplir cada uno de los sueños.

Los que estaban a flote eran los que estaban mejor alimentados, los que recibían cada vez más esfuerzo y esperanza, los que cada vez se hacían más livianos, y algún día volarían, se suspenderían, y lograrían llegar a alas manos de los que siempre los han esperado.

Pero en cambio, los que se oscurecían, se les borraban sus imágenes, y se hundían cada vez más; estaban cada vez más lejanos de sus dueños, la oscuridad los atraía para nunca más ser vista. Y sólo queda la resignación, la frustración, y la desilusión.

Quién sabe dónde mueren los sueños, quién sabe si su mundo es color de rosa. Pero luego, cuando muere su tiempo de ser cumplidos, se van, y sólo queda una vaga idea de lo que fueron.

Qué fueron...simplemente, la esperanza de amenizar la vida, de hacerla ideal. Su punto de entrega; su mayor anhelo; que si no los agarras en el mejor momento, en la mejor oportunidad, se pierden, sí, se hunden en el océano del mundo de los sueños, fantasías y anhelos.

Sólo el que es feliz no necesita de un sueño, una fantasía que lo alegre unos minutos; necesita de sus manos y del corazón, no de la envidia, que es lo que te amarga un sueño, un sueños que de esa forma, no se cumplirá.

28.3.07

Hasta el mediodía, y las claras y sórdidas campanas, todo para que Sofía saliera del escondite, levantara la tapa del piso subterráneo, corriera por las escaleras hasta llegar al pueblo. Buscar a Montserrat por las calles vacías, levantar un papel para encontrarla allí abajo, como una hormiga… Temblar entera ante la idea de entrar a la Iglesia a casarla, y cazarla de una vez por todas, ante la imagen de un Cristo reventado a balazos… con los cabellos castaños colgando bajo el pecho… Y la Montse cubriéndolo de ropa para que no se resfríe, y cuide su nuevo matrimonio, de blanco las dos, con Dios, con Cristo cubierto de lana.

Buscar en la Iglesia y hallarla rezando de rodillas sin pensar en ella, escapar del escondite de ambas, mientras las madres desesperadas no saben dónde juegan sus hijas.

Ir a misa un domingo por la mañana, y que toquen las 12 del día por las campanas de bronce añejo.

Sofía sigue levantando papeles, restos de cáscaras o envoltorios de cualquier cosa… basura oxidada, todos los desperdicios del pueblo; Sofía llora, olvida la llave de su escondite, deja la puerta abierta para que cualquier madre descubra que allí es dónde se guardan de ellas.

Montse a orillas del lago, friega trapos, ropas sucias, lanas para Jesús, y un vestido nuevo para ambas. Mojar las piernas en las aguas, y la palangana que se llena de telas estrujadas… Un jabón en la cima de todo, la falda arremangada. Muchachos que la miran.

Devolver los ojos y negar la existencia de los expectantes, tirarles una piedra con un puntapié, correr con el balde de color.

Camino pueril, seguido de casas de adobe, siglo XX naciente.

Sofía en la puerta de su casa, sentada en una escalinata pulida y brillante.

Esperar cantando boleros, comer una barra de chocolate a la espera de la aparición de cualquiera que le dijera algo de ella.

Correr desconfiada, no llorar, ni gritar, sólo aúlla de pronto, cuando el zapato se raja y el pie también, y coger la punta de una tijera enterrada en el suelo… y dos chicos asustados por la broma fallida. No hay neumáticos pinchados, y una chica que se llena de sangre y bota al suelo la ropa, que se llena de polvo.

Sofía escucha un ruido conocido, dos chicos corriendo hacia sus casas, y a lo lejos un balde de color que rueda vacío… Una muchacha en el suelo.

Socorrer, y abrazar a 200 m a Montserrat, limpiar con lágrimas la sangre, tomarla con el izquierdo por su cintura, y con el otro brazo recoger la ropa… Aliviarla un poco, llevarla a casa, sentarla en el sofá del salón, cerrar la puerta del escondite y después curarle el pie, guardar el zapato.

Hablarle del Cristo remendado.

Al correr pierde un papel arrugado. Besarla en las mejillas, Montserrat, la mira. Decir que se le perdió el balde de color, que adentro el vestido nuevo, iba recién lavado.

Besarla de nuevo, aludir a cuánto desea vestirse de blanco.